Una isla llamada Ama-gi

12 mayo 2010

Imagínate una isla desierta llamada Ama-gi, que significa “libertad” en la lengua de los sumerios, la primera civilización conocida que vivió en la región de Mesopotamia cuatro milenos antes de Cristo.

Pon que trasladamos 50 preadolescentes, 25 chicos y 25 chicas, a la isla Ama-gi. Todos están exentos de referentes culturales, carecen de conocimientos de convención social alguna que proceda de ninguna generación anterior. 50 seres humanos simple y llanamente, dominados por hormonas e instintos y sin nadie que les diga lo que deben o no deben hacer.

Los 50 preadolescentes empezarían a desempeñar diferentes tareas en esa microsociedad de Ama-gi, según sus habilidades: unos serían cazadores, otros recolectores, otros pescadores, o artesanos, o constructores, cocineros, tejedores, etc., etc., etc. Es un poner.

Todos ellos, en grupos o individualmente, serían como los engranajes que harían que esa minúscula sociedad de la isla funcionara: cada uno dispondría de alimentos, lanzas, redes, cuchillos, agua y demás enseres. Y todos mantendrían relaciones sexules entre sí. Sin tapujos. Sin cohibiciones. Sin sentimientos de culpa. Ni propósitos de enmienda. Sexo.

Como el ser humano es un animal que tiende a la posesión, muchos querrían tener para sí a su compañera o compañero y se negarían a compartir. La celotipia reinaría antes que los rencores y, después de un tiempo, surgirían conflictos entre los habitantes de esa microsociedad en la isla Ama-gi.

Al pasar algunas generaciones y tras haber observado que los conflictos por celos deterioran las relaciones entre los individuos y, de igual modo, los engranajes de la microsociedad, los habitantes de Ama-gi llegarían a la conclusión de que es más practico mantener relaciones sexuales sólo con un individuo, con tal de evitar enfrentamientos no sólo entre cada persona y su pareja, sino también con el resto de pretendientes que cada uno pueda tener.

Así, los hijos de cada generación aprenderían de sus padres y de sus abuelos que es verdad que se evitan conflictos con el compañero sexual habitual y con otros habitantes de la isla. Pero las ganas de fornicar con unos y con otras permanecerían en los corazones de esos seres, porque la naturaleza les ha creado para multiplicarse, crecer y poblar la isla. Y las progresivas generaciones se irían sucediendo…

Al igual que en nuestras sociedades hace también miles de años, en la microsociedad de Ama-gi también nacerían sencillas reglas sociales, convenciones sobre la convivencia entre los indiviudos, como ésta primera de fornicar, a ser posible, con un solo individuo. Pero todos fornicarían a escondidas por lo mismo, para quitarse problemas de encima.

 Además quizá nacerían religiones, jerarquías y costumbres que darían lugar, después de muchas generaciones, incluso a sistemas jurídicos que ampararían esas convenciones.

Entre la religión y el sistema jurídico, probablemente se crearía la necesidad de cobijar la norma social de la fidelidad en una institución llamada, Matrimonio -por ponerle un nombre cualquiera-, que a su vez estaría protegida por otra institución de nombre Iglesia y controlada por un sistema de normas alias Justicia. Pero el deseo no tiene un dueño eterno ni se puede declarar nulo en la cláusula de ningún contrato matrimonial. La jodienda no tiene enmienda, como dicen por ahí.

Los matrimonios se amañarían por conveniencia según las riquezas de los candidatos, pero de todas formas drenarían sus fluídos a presión sobre otras pieles ajenas al dúo. Y llegaría una generación de artistas melancólicos que se harían llamar románticos e inmortalizarían para siempre en su literatura esos meses de gafas con cristales rosa fucsia durante los cuales se ama y se ama, hasta que se ame o se desee a otro u otra.

Y e l cine se sumaría a la literatura para inmortalizar besos de Hollywood de los años 50. Y aún en el año 2010 de la era de la isla Ama-gi, la microsociedad seguiría pensando que lo correcto es retozar con una sola persona y que el amor eterno existe de verdad. Y se quedarían embelesados en lo que ellos mismos empezarían a idealizar hace miles de años y que todavía no les ha funcionado:

La monogamia.

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